Hay muchas maneras de descubrir la soledad, pero solo en dos está estipulado que se haga en compañía de otra persona y encerrado en unos pocos metros cuadrados: el matrimonio y el tenis. Ambas gozan con justicia de una vasta platea de apasionados. Puesto que esto no es un artículo sobre el matrimonio, con el fin de escribirlo me trasladé hace unos días a la zona sudoeste de Londres, donde, desde hace 140 años, se celebra el torneo de tenis más famoso del mundo: Wimbledon. Juro que si Dios jugase, sería socio del club, y ni siquiera le darían la mejor taquilla.
Yo había madurado la penosa pero incurable convicción de que, habiendo dedicado buena parte de mi vida a estudiar el misterio de la belleza, era imperdonable que todavía no hubiese visto jugar a Roger Federer, el jugador más grande de todos los tiempos. Me he perdido a la Callas; Mohamed Ali estaba demasiado lejos; a Bobby Fischer se le fue la cabeza cuando yo todavía iba al instituto. Así que pensé: “Con Federer no me la dan”. Y ha sido en Wimbledon. Se ve que era el destino.
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