Hace un par de días, mientras una pequeña marabunta de personas concentraba su atención en un entrenamiento de Rafael Nadal, siempre muy reclamado, Garbiñe Muguruza desfilaba por la zona de Aorangi Park ensimismada. Paseaba entre el gentío tratando de pasar desapercibida, intentando no hacer ruido, con la mente en no se sabe bien dónde. Su mirada revelaba cierta melancolía. Después de saludar cortésmente a tres periodistas que le devolvieron a la Tierra, la tenista corrigió la marcha, mantuvo la línea recta y se fue perdiendo poco a poco en una pendiente que da acceso a la zona de viviendas en la que ella reside estos días, la misma de siempre.
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