Él, reciente ganador en Queen's, era la alternativa, el hombre de la segunda línea que podía reventar el oligopolio del Big Four en el All England Tennis Club durante los últimos 17 años, por qué no; él, a sus 35 años, tenía toda la ilusión del mundo, porque llegaba lanzado y se considera en su veteranía mejor tenista que nunca; y él, el español a contracorriente, con ese toque díscolo que le acompaña fuera de las pistas, había acaparado un buen número de miradas antes de aterrizar sobre el césped de Wimbledon, el grande con el que suspira desde que comenzó a empuñar una raqueta.
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