No llovía en Vitoria. Nada de tormentas. Pero hubo un balón que llovía del cielo, esa metáfora tan utilizada en el fútbol cuando se quiere aludir a lo que viene sin control, desatado, desanudado, descosido, como un verso suelto. Y ocurrió que por allí, por el borde del área, paseaba Ibai Gómez, sin paraguas, pero con la bota bien atada, esa sí anudada, con la roseta bien hecha, bien medida. Y fue como un rayo bajo el cielo azul. La cazó con el empeine, entre el cordón y la lengüeta y lo ajustó al poste, a ras de suelo, con la dificultad que supone poner una nube a ras de suelo. No entró por la escuadra, que es lo bello, lo barroco, sino junto al poste, peinando la hierba, impresionismo puro para batir a un sorprendidísimo Andrés Fernández.
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