Lejos de abrirle puertas y allanarle el camino, a Valero Rivera Folch (Barcelona, 31 años) su apellido le ha condicionado como si cargase con un yunque de plomo a la espalda. Hoy día es uno de los mejores definidores del mundo, un extremo de vértigo, pero su recorrido hacia la cima siempre estuvo marcado por la inmensa sombra de su padre, uno de los técnicos más prestigiosos de todos los tiempos en el balonmano. El ser el hijo de le persiguió y le valió no pocas sospechas, hasta que hace unos años decidió emigrar a Francia y escribir su propia historia.
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