No es el Open de Australia un torneo para la especulación ni las indecisiones. El calor abraza con una fuerza infernal, la pista hierve y los tenistas se exponen por primera vez al examen de los cinco sets con tan solo dos semanas de fogueo –en escenarios mucho menores– y multitud de incógnitas en su cabeza. Tienen todos ellos que adaptarse contrarreloj a una climatología hostil y a la exigencia competitiva de un Grand Slam, donde habitualmente no suelen concederse licencias ni se permite un solo paso en falso.
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