El 2016 empezó para Marc Márquez con el recuerdo amargo de una salida de pista y una patada que nadie nunca imaginó. La primera vez que se subió a su Honda RC213V, en Malasia, acabó tan lejos de sus rivales que ni él ni su equipo osaron pensar que la temporada podría terminar como lo hizo: ganó su tercer título de MotoGP en cuatro años merced a una victoria embadurnada de irreverencia y en el circuito de Motegi, donde todavía no se había estrenado pese a ser la sala de pruebas de la fábrica que le paga –y que le renovó este mismo año– el sueldo.
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