“Este circuito no es para mí”, dice Jonathan Castroviejo, y los millones de aficionados al ciclismo de todo el mundo le hacen coro amargados. No es el calor, que todo el mundo teme, ni un recorrido tan plano que hace que hasta parezcan un desnivel los dos pasos de cebra elevados y en los que botan los coches con fuerza y tiemblan las bicis en la baca. Es eso y es también la soledad que solo se encuentra en el desierto y que se replica por las calles artificiales de Doha, por las que no pasea un alma entre las vallas que delimitan el trazado, inútiles. “¿Pero quién va a salir a la calle con este calor?”, dice el seleccionador español, Javier Mínguez. “El sol es una maza que abrasa más que en España. Los hoteles son cámaras frigoríficas. Cuando atraviesas la puerta de la calle, el calor es una bofetada que no se combate sino que se sufre”.
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