Aunque no ha corrido nunca unos Juegos, la carrera de Bruno Hortelano (1991) está marcada por la cita olímpica y sus estadios. El velocista español, nacido en Australia, hijo de emigrantes españoles que luego se trasladaron a Canadá y finalmente a Kazajistán, decidió hacerse atleta cuando, a los ocho años, quedó fascinado ante el televisor viendo a Mo Green ganar el oro olímpico en Sidney 2000. Casi 16 años más tarde, hace un par de meses, en el tartán azul del Engenhao de Río, una pista que aún no podía llamarse olímpica pero que olía ya a Juegos, y sus aros modulados en la última recta, Hortelano conseguía la mínima olímpica al quedar segundo, con 20,48s, en la final del Campeonato Iberoamericano. Unas semanas después, en julio, en la pista roja del estadio olímpico de Londres, el mejor esprínter español de la historia, batió el récord nacional con 20,18s, una marca que le abre a todas las esperanzas.
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