Aunque el Tour parezca desamarle cada día, Alberto Contador quiere mantenerse fiel a la carrera que le ha hecho grande y también desgraciado. Con una máscara que quiere ser estoica, sale del autobús en Saint Lô, en la Normandía inhóspita de viento y lluvia siempre, mira el agua, la humedad que no ayuda a su curación, se mira el hombro derecho y dice que ha pasado una noche horrorosa, que apenas ha podido dormir, que los golpes duelen, pero que piensa que no estará mal pese a que la etapa será dura. “Trataré de perder el menor tiempo posible”, dice, dando ya por seguro que no estará con los mejores al final de la cuesta que sube desde el puerto hasta La Glacerie de Cherburgo, donde trotan y cabalgan los caballos en el hipódromo au grand galopcomo canta Paco Ibáñez.
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