Más de cuatro décadas ha necesitado el Atlético para deshacerse de una espina que tenía clavada en lo más profundo, cerca del corazón, donde las heridas nunca dejan de sangrar. La derrota ante el Bayern en 1974, hace 42 años, en la primera final europea, se llenó ayer de todo el color que no tienen las pocas imágenes que rememoran un episodio cruel y devastador. Lo fue para una quinta de jugadores entre los que estaba Luis Aragonés, y al que homenajeó la afición rojiblanca, unos 2.800 seguidores en el Allianz, y su equipo cuando Griezmann anotó el gol del Atlético. El francés —31 tantos esta temporada, siete en la Champions—, recibió y aprovechó el pase de Fernando Torres, otro icono colchonero con más de un álbum en la estantería.
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