El 1-2 brillaba en el marcador del Camp Nou y la multitud se dispersaba en silencio como el humo de las planchas donde hasta hacía poco se asaban las butifarras. La medianoche avanzaba este sábado sobre Barcelona, inesperadamente apagada después de la derrota en un clásico que se presentó como una fiesta de exaltación sentimental y acabó con los bares cerrando antes de lo previsto. La ciudad se recogía cuando Bale salió del vestuario. Adornaba su cara una sonrisa descomunal. Un gesto amplio como su fisonomía sin afeitar. Salvajemente tocado por las guedejas atadas en la coronilla. Los ojos de depredador le brillaron cuando evocó lo que acababa de suceder. “Nuestro plan de juego era esperarlos”, dijo. “Sabemos que somos rápidos al contragolpe y lo empleamos para sacar ventaja”.
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