Y no pasaba nada. Pasaba balón de pie en pie de los centrales, algún pelotazo apurado, algún intento suicida de Williams, de Raúl García... Y el balón flotando sin que lo buscara el Partizan, que no lo quería, empeñado en perseguir sombras como si el balón fuera un artículo de lujo, o sea prescindible, inútil, un accesorio para un día señalado. Y el Athletic acariciándolo con la calma con la que se atiende a una mascota cuando no se sabe qué hacer: el balón te mira pero no sabes qué decirle. Y de golpe ¡zas! Que Aduriz forcejea con un central, o sea gana Aduriz, y el balón le cae a Williams, que pasaba por allí y acuna el balón en la red.
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