Acostumbrado a las salidas de sus mejores jugadores, casi todos salvo los que encuentran refugio en la isla dorada del Barça, el balonmano español celebra el regreso de un hijo pródigo. Después de siete años en el Kielce polaco, adonde se marchó tras la desaparición del Ciudad Real y el Atlético, Julen Aginagalde, de 37 años, vuelve al calor del hogar. Nunca mejor dicho. A su ciudad, Irún; a su renacido club de cuna, el Bidasoa (líder de grupo en la primera fase de la Champions); y con su hermano Gurutz de presidente. “Mi idea siempre fue acabar allí”, asegura. La sangre hizo el resto.
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