Son Los Machucos, una subida inverosímil, y arriba, entre los prados donde pacen y sestean las vacas del Pas indiferentes al sudor de los ciclistas en las rampas verticales, Óscar Cabedo, que ha hecho la ascensión de su vida (38º) lamenta lo duro que es luchar por quedar entre los 50 primeros porque todos los chicos suben mucho y son muy buenos, y Marc Soler se queda parado a mitad de una contestación a los periodistas distraído y atónito cuando ve justo delante de sus ojos a uno de los jefes de la Vuelta inverosímilmente empujar a un auxiliar del Dimension Data y arrancarle del cuello la acreditación al grito histérico de aquí mando yo.
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