La primera vez que hablé por teléfono con Niki Lauda fue semanas antes del rodaje de Rush: pasión y gloria, a las seis de la mañana. Me dijo: "Creo que quieres conocerme. Vente a Viena, pero tráete solo equipaje de mano, porque así si nos caemos mal puedes volverte directamente". En ese momento descubrí ese típico humor austríaco con el que convivía. Acepté el reto y allí que me fui, solo con lo puesto. A la media hora de charla ya me había abstraído de su castigado aspecto y me había quedado enganchado en sus ojos. Eran firmes y listos como los de un águila. Escondían, además, cierto calor.
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