Hombre de naturaleza flexible, cordial e imaginativa, cuando Santiago Solari se pone el traje de entrenador del Real Madrid y se presenta en público experimenta una metamorfosis robótica. Se vuelve rígido. Apenas se le había descolgado un mechón del tupé cuando salió a la sala de conferencias para pronunciar uno de sus discursos estructurados, medidos y cautelosos. Acababa de atravesar el umbral que la historia reserva a muy pocos entrenadores: dirigir un clásico. Era su gran noche y solo se advertía su satisfacción por el leve rubor de sus mejillas y la sonrisa mal reprimida. Había recogido un equipo deshecho tras el 5-1 del clásico de Liga en el Camp Nou del 28 de octubre y había completado el círculo en el mismo escenario con un 1-1 que tres meses después convalidaba su buen trabajo. Si el Barça es la mejor piedra de toque, el partido que destrozó el proyecto de Julen Lopetegui sirvió para demostrar que el nombramiento de Solari como su sucesor fue un acierto. Sea cual sea el destino que le depare esta temporada, gracias a Solari el Madrid ha permanecido a flote a través del temporal.
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