Asomaba la industrialización en Buenos Aires cuando un grupo de obreros del barrio de la Boca, en su mayoría italianos —nada extraño en un distrito copado por genoveses— plantó cara a la insaciable sed de la producción. “Más jornal y menos horas”, reclamaban. Y a orillas de un río (el Riachuelo) que no podía borrar la nostalgia del Mar Tirreno, en 1882 se izó la bandera de Génova y se informó vía carta al Rey de Italia, Humberto I, de la creación de la República Independiente de La Boca. La leyenda dice que la ilusión separatista duró lo que tardó en llegar el general Julio Roca, años después presidente del país.
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