Se abrieron las puertas correderas de la vieja Terminal 1 del aeropuerto de Barajas y sobre las seis de la tarde salieron uniformados de azul dos colombianos tocados con gorras negras. El elástico Sebastián Villa, extremo peleón donde los haya, y el incansable Wilmar Barrios, capaz de robar 20 pelotas por partido y entregarle al rival la mitad, fueron los primeros jugadores de Boca en pisar la calle. Tiraban de sendos carritos de Louis Vuitton. Los siguió una silenciosa procesión de colegas que, más que estrellas del fútbol sudamericano, dieron la impresión de componer la excursión de un colegio episcopaliano. Hacía una tarde fría y cristalina en Madrid. Apenas les recibieron un grupito de unos 20 hinchas con pinta de turistas desviados del recorrido. Entonaban con esfuerzo una serie de cánticos cuyo estribillo solía repetir el vocablo “huevo”.
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