La historia va de silbidos, los que se llevó Alexander Sascha Zverev cuando superó (7-5 y 7-6, en 1h 35m) a Roger Federer, el ojito derecho del público londinense, y accedió a la final de la Copa de Maestros por primera vez, privándole al suizo de seguir aspirando a su título número 100 y confirmando que mucho se tienen que torcer las cosas para que él no sea el primer heredero de Los Tres Tenores; la historia, también, va de aplausos, porque la grada del O2 rectificó y al final entendió que si el joven había detenido un punto decisivo en el tie-break no fue de modo gratuito, por uno de esos ademanes excesivos que ofrece de vez en cuando, sino porque la bola que se le había escapado a uno de los recogepelotas del fondo le despistó y además tenía todo el derecho a hacerlo, por una mera cuestión de reglamento; y, sobre todo, la historia va de números.
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