Kevin Durant brama mientras corre como alma que se lleva el diablo en medio de la cancha. Va solo y exasperado. Cree que nadie sabrá qué demonios vocifera. Pero es raro que algo de lo que suceda en una cancha de la NBA escape al escrutinio mediático. El New York Post recurre a un especialista en la lectura de los labios: “Es por esto por lo que ya no seguiré aquí”. Durántula, de 30 años, forma junto a Stephen Curry el dúo de superestrellas de Golden State Warriors, uno de los mejores equipos de todos los tiempos, ganador de tres de los últimos cuatro títulos y candidato de nuevo esta temporada. A no ser que explote la mínima e imprescindible convivencia en su vestuario. Ahí entra en escena Draymond Green, un jugador tan extraordinario como polémico. Una solución, una pieza clave; y al mismo tiempo, un grandioso problema.
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