Dos generaciones y 12 ediciones olímpicas después, los Juegos de México 68 mantienen su incomparable poder de fascinación. Rara vez, quizá nunca, se ha producido una tormenta parecida de récords asombrosos, transformaciones tecnológicas, desgarro político y la dosis de incertidumbre que representaron aquellas dos semanas en la capital mexicana, a casi 2.300 metros de altura, en un año que conmovió al mundo. Lo que allí sucedió se acerca al centímetro a la idea de realismo mágico. Se sucedieron episodios que se antojaban imposibles, con un legado que, lejos de apagarse, se mantiene tan vivo como entonces.
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