El tercer gol de Inglaterra se gestó en plena desbandada española. Corría el minuto 38 y Sergio Ramos salió jugando con el balón controlado, desafiando la presión de los rivales, repentinamente invasores del campo local en el Benito Villamarín. El capitán levantó la vista en busca de un cómplice y vio que a su derecha Busquets estaba tapado por Kane. Cuando trató de conectar con Asensio fue demasiado tarde. Winks le cortó la línea de pase interceptándole el envío. El descontrol que se desencadenó tiene pocos precedentes en la historia de la Roja a lo largo de la última década. Hubo un trasiego de presiones, contrapresiones y errores encadenados que hicieron que los jugadores españoles llegaran cada vez más tarde a molestar a los rivales que recuperaban la pelota. El 0-3 cayó como un mazazo sobre el banquillo. Cuando acabó el partido, Luis Enrique se dejó en el vestuario un papel con una indicación en rotulador escrita en mayúsculas rojas: “Presión descoordinada... Errores individuales”.
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