“¡Pai!”, grita el niño, al ver la figura majestuosa del jefe. El aliento caliente del Mar Negro sube por las hondonadas cubiertas de hayas orientales y magnolios y los hijos de Thiago Silva, capitán de Brasil, corren a encontrarse con el patriarca. El ritual se repite con cada entrenamiento del equipo nacional más laureado de siempre, cada vez que los jugadores y sus familiares salen del hotel formando dos romerías paralelas hasta el campo de prácticas, situado en un valle de Sochi, donde el Cáucaso y el mar se juntan en un paisaje subtropical que los futbolistas asocian con los morros de Río.
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