Hay pocos delanteros tan secos y ariscos como Mario Mandzukic. Un tipo duro, de un fuerte carácter que se achaca a aquellas noches en las que se refugiaba debajo de un colchón cuando durante la guerra de los Balcanes escuchaba cercanos los disparos de las tropas serbobosnias. Su rictus es una oda al cabreo permanente. Sus pómulos afilados, su prominente y picuda nariz y la cabellera erizada le confieren unos aires de machaca que intimidan.
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