Sonaba el Don’t look back in Anger de Oasis. Un acaramelado hit del brit-pop noventero, pero sobre la hierba del estadio Luzhnikí unos seres diminutos ataviados con las rojiblancas y ajedrezadas camisetas de Croacia se introducían con balones en la misma portería en la que Mario Mandzukic había regateado la tercera tanda de penaltis para Croacia con su histórico gol. Los hijos de los internaciones croatas disfrutaban ajenos a la épica batalla que acababan de ganar sus progenitores. En el fondo detrás del arco, aún resistían entusiasmados los hinchas balcánicos, que jaleaban al pelotón de niños y sus goles. Poco antes, ni el cansancio de los tres tiempos suplementarios consecutivos frenó la euforia de los futbolistas croatas. Corrían, saltaban, se abrazaban, siempre cerca de su hinchada. No había manera de sacarlos del césped, extasiados por el esfuerzo y por su titánico logro.
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