El ciclismo es el deporte que no se puede ver, filosofea Matt Rendell. Para el espectador en la cuneta es un paso fugaz y mareante de 180 tipos a toda velocidad por la llanura; para el telespectador es el plano que elija el realizador: si es aéreo, se puede entender la totalidad, pero no se ve la cara del deportista, su gesto técnico, su esfuerzo; si está tomado desde la cámara fija o de una moto, se tiene el detalle del alma del corredor reflejado en su forma de mirar tras las gafas, en su manera de mover la cabeza, los brazos, pero el resto hay que imaginarlo, dónde está, adónde va. Y las acciones simultáneas: dónde fijar la mirada, cómo captarlo todo. ¿Cómo entender que Gaviria, FernanDios, la emprenda a cabezazos con Greipel como un luchador de keirin porque el gorila alemán le cierra el paso cuando intenta colarse entre las vallas y la nada en la última recta de Amiens? ¿Cómo ver al mismo tiempo diferentes espacios, distintas velocidades en un sprint? ¿A Dylan Groenewegen, insolente y ajeno un día más, adelantar por velocidad pura en los últimos 100 metros a quienes disputan entre sí?
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