Veinte años ha tardado Francia en poder volver a soñar con ganar un Mundial de Fútbol. No sorprende por tanto que el país no haya dudado en tirar la casa por la ventana para celebrar la ocasión, organizando multitudinarias fiestas para ver la final rusa en pantallas gigantes por todo un país inundado de banderas con los colores nacionales, rojo, azul y blanco. Pero lo que se espera sea una final de ensueño es una pesadilla para los responsables de seguridad en un país donde la amenaza terrorista sigue estando muy presente.
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