Lo insólito de Antoine Griezmann no reside en su evolución hacia un jugador más completo desde el punto de vista ofensivo. Después de haber nacido extremo, entró en la compleja estirpe de los jugadores que son capaces de interpretar el juego desde la concepción del espacio-tiempo. Su atipicidad tampoco responde a sus acreditadas dotes de goleador puntual. La exclusividad del yo futbolístico de Griezmann está en que no se recuerda en las últimas décadas a una figura mundial que pondere tanto en sus discursos la necesidad de defender y trabajar para el colectivo como piedra filosofal del éxito. Quizá desde Alfredo Di Stéfano, del que decían que regaba los campos con sangre en vez de con sudor, no se ha conocido a un jugador ofensivo tan implicado en el juego defensivo.
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