A los cinco minutos de ver a Cristiano Ronaldo enfundado en la elástica blanca sabíamos que era el fin del Madrid. A los cinco de confirmarse su marcha, tras verlo marcar casi medio centenar de goles por temporada y muescar cuatro Ligas de Campeones en la culata, seguimos pensando lo mismo. ¿Es posible que, sin pretenderlo, deje tras de sí el portugués la mejor definición que jamás se haya hecho del barcelonismo? Sinceramente --y tras escuchar al vicepresidente Jordi Cardoner-- me parece que sí, al menos de esa facción oficialista capaz de aplaudir, con idéntico entusiasmo, el inesperado fichaje de Paulinho y su venta inmediata: todo nos parece bien si en el horizonte podemos intuir un atisbo de decadencia blanca... Y no hay mejor época que el verano para disfrutar del ocaso.
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