Karolina Pliskova es una jugadora fría, una tenista que habitualmente no se excede en los gestos cuando está sobre la pista y que ante los micrófonos se expresa siempre desde la mesura. Desde hace tiempo pugna por conseguir su primer Grand Slam –fue finalista del US Open en 2016 y semifinalista de Roland Garros el año pasado– y también por instalarse en el primer peldaño del circuito, posición que defendió durante nueve semanas en 2017. Ahora mismo es la cinco y en Roma no tuvo un buen día. Cedió contra la griega Maria Sakkari (3-6, 6-3 y 7-5) y se despidió en la segunda ronda del torneo italiano. Sin embargo, lo peor no fue la derrota, sino la escena que protagonizó durante el protocolario saludo final.
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