La próxima boda de un príncipe inglés ofrece motivos de esperanza a los pelirrojos, se lee en los prospectos, y Alessandro de Marchi, pelirrojo del Friuli, se ha tomado en serio la interpretación de que también ellos, pese a todo, pueden soñar con una historia feliz en sus vidas. En ella ha creído hasta que faltan cinco kilómetros para la meta, donde descubre que el mensaje que le había llegado era incompleto, que no hablaba de todos los pelirrojos, de todos con la piel blanca y a veces pecas y tez tan sensible al sol, o incluso de los rubios claros y oscuros, sino que había que ser también inglés y llamarse si no Harry sí al menos Simon, y apellidarse Yates, y estar en una forma imparable. Y desear demostrarlo todos los días por cada cuesta que se le cruce mientras atraviesa Italia y sus Apeninos en bicicleta. Donde De Marchi, previsiblemente, claro, sufrió, Yates, de rosa hermoso, impaciente, triunfó.
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