El rugby español necesitaba una sonrisa para borrar aquella funesta tarde en Bruselas. Y Bilbao estuvo a la altura: lleno total, 53.289 entradas vendidas, 120.000 litros de cerveza que inundaron la ciudad en un ambiente sano y 100.000 aficionados que el alcalde Juan Mari Aburto definió como "embajadores". La primera final de Champions que organiza un país fuera del Seis Naciones encumbró al año perfecto del rugby irlandés con el sufrido triunfo de su gran fábrica, la dublinesa de Leinster, en un país con mimbres para tutear a los All Blacks tras su flamante Grand Slam.
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