El vestuario de París es una olla a presión y Kylian Mbappé lo recorre con su mirada chispeante de pillo suburbial. Sin perder detalle. Ve que por un lado se mueven escépticos los rioplatenses alrededor de Cavani; observa que más allá se agrupan los brasileños junto a Marquinhos, el líder, por más que Thiago Silva, el capitán, se pare en una silla; contempla a Motta comportándose más como un dirigente que como un colega; se ríe con sus paisanos parisinos, con Kimpembe, con Rabiot, o con Verratti, que es casi un parisino más; y se distrae con las exhibiciones de Neymar, esforzado cada día en llamar la atención de todo el mundo, dueño de una gestualidad compleja como un código secreto. “Neymar llegó al vestuario como si viniera con cuatro balones de oro”, dice un testigo; “y Kylian lo mira divertido, como diciéndole: ‘¡Yo tengo los mismos balones de oro que tú!’”.
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