El Asier Illarramendi que este sábado saltará al Santiago Bernabeu se antoja una versión mejorada del que llegó en 2013, a cambio de 39 millones de euros y la fe ciega en que en su cabeza y en su cuerpo habitaba el sucesor natural de Xabi Alonso, o al menos el espíritu del centrocampista de Tolosa que una temporada después militaría en el Bayern. Madrid pudo ser su cielo y su infierno, y ninguna de ambas cosas fue, aunque más cerca estuvo de quemarse en la hoguera que de reposar sobre nubes de algodón. Illarramendi no triunfó en Madrid, aunque tampoco pueda decirse que fracasó. Una temporada notable y una mala, una agujero definitivo en Dortmund (los errores se magnifican más en los escenarios europeos, auténticos nirvanas de su gloria) le devolvieron al punto de partida, o sea a la Real Sociedad, que abonó 18 millones de euros por su repatriación deportiva (la mitad de lo recibido dos años antes) para que volviera a ser el ancla del equipo. Tanto lo debía desear Illarramendi, que en su día aseguró que la oferta el Madrid “era irrechazable”, (frase de moda en el romanticismo profesional de los futbolistas) que el centrocampista de Mutriku, dijo no, en el tránsito de Madrid a Donostia, a otra oferta del Athletic para que aparcase en Bilbao a cambio de un buen contrato económico.
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