Durante semanas, el Athletic vivía apresuradamente en los despachos: que si Kepa se va, que si se queda, que si un aluvión de renovaciones o ampliaciones de contrato para atornillar la plantilla, que si se va Laporte, que si se ficha a Íñigo Martínez y el consiguiente tornado ritual. El entretenimiento estaba asegurado, pero bajo el brillo de un debate constante sobre esencias y conciencias, corría un rio turbio, el del juego, plano casi toda la temporada, con un estilo cobardica, sin fluidez, rebosante de errores no forzados, incapaz de hilvanar no ya dos pespuntes finos, ni siquiera para zurcir dos zafios descosidos. Muchos empates y pocas victorias, y poco juego, y nula creatividad y pocos goles enmascaraban una deriva con la mirada muy torcida. El Girona acabó por sacarle los colores que ya había sonrosado una semana antes el Eibar en San Mamés. Pitos y juicio popular a Ziganda, asentado por una directiva tranquila, inquietado por un público nervioso. Las Palmas, en apuros toda la temporada, podía ser víctima o verdugo.
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