dimanche 12 novembre 2017

Silbar a la estrella

En plena mala racha, algunos días oyes abucheos en la grada, te das la vuelta y son los tuyos; qué sorpresa. Es la historia de nuestra vida. Todos rompimos las esperanzas de alguien cercano o acabamos con la paciencia de un padre o una madre. En un estadio de fútbol, rodeado de gente a la que no conoces de nada, pero que te venera, la vida se somete a la misma lógica: nada de cheques en blanco. De pronto, cuando la afición se cansa de lo que ve en el campo, y ya no puede más, deja de disimular. Se debe a su frustración, no a su jugador favorito, y lo reprueba. Qué menos. Tuvo paciencia, pero se le agotó. Incluso el amor entrañable posee límites. Las semanas nefastas de Benzema, Cristiano, Griezmann o Suárez dejan de vez en cuando unos silencios en el aire, o silbidos, entonados por sus propios seguidores, que son calamitosos, pero no graves. Los días aciagos nos pertenecen a todos y se olvidan enseguida. No vale la pena afligirse. Si no fuese porque hace mucho que el fútbol dejó de ser un juego, a la siguiente oportunidad de gol uno se daría el gusto de fallar a propósito solo para joder a los suyos.

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