Después de estrellar un revés en la red y entregar el primer parcial, Rafael Nadal se dirigió taciturno hacia la banqueta. Removió su bolso con poca fe y después de dar con una camiseta se dejó caer sobre el asiento. Su cuerpo cayó a plomo, como si la gravedad de repente se hubiese multiplicado por mil y no pudiera más con la tremenda carga. Allí, sintiéndose ya derrotado, vueltas y más vueltas a la cabeza. Comentaba el número uno en los días previos que necesitaba una prueba para verificar su estado real y la pista del O2 actuó como la prueba del algodón: Nadal no estaba. Sencillamente, no era Nadal.
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