De dos balones perdidos fuera del área, esos balones que salen expulsados de la zona de peligro y no sabes en qué pies van a caer, Marco Asensio cazó dos. Uno con la derecha en la primera parte que envió a las nubes, otro con la izquierda en la segunda que fue una obra de arte. Tras el primer disparo las cámaras enfocaron a un chico mustio, pensé yo que víctima potencial de una de esas rachas malas del Madrid bien capaces de llevarse por delante la carrera de un muchacho, o al menos anestesiarla lo suficiente para desactivarlo de la élite. Nada me arruinaría más la vida que eso sucediese; desde la titularidad de Morales y Dani ante el SúperDepor un invierno de 1994 (2-0) he sido un madridista expectante que veía en el fulgor de cada debutante una serie de hechos maradonianos que instaurarían una dinastía de siglos. Pero el corazón me dijo basta con Canales: ahí hipotequé lo que no tengo. Comprendí que llegar al Madrid es casi imposible para un jugador de fútbol, quedarse es para extraterrestres y triunfar, lo que se dice triunfar, creo que dos o tres jugadores lo han hecho en la historia del club (algunos menos según el juicio del Bernabéu, un público tan selectivo y exigente que cualquier día se presenta a animar con la camiseta del Barcelona).
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