Ya se dice en Yo confieso, doliente oración de la liturgia cristiana: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, exclama el pecador mientras se golpea el pecho tres veces en señal de arrepentimiento. Tiempo llevan los sacerdotes futbolísticos, esos que pueblan tertulias y coloquios y que distinguen el bien del mal a primera vista, intentando averiguar dónde residen los defectos del Madrid, espejo de virtudes hasta hace cuatro días y al que dos derrotas de turbio aspecto, ante el Girona y el Tottenham, han arrebatado todo su encanto. Y en su loable empeño por desbrozar el fútbol del equipo de Zidane pasan del blanco al negro, y viceversa, sin solución de continuidad. Y sin grises. Y no se limitan a señalar carencias tácticas, sistémicas, técnicas o anímicas, sino que buscan culpables con desenfreno, aquí y allá, acusando al banquillo, al vestuario, a la enfermería incluso, que para todos hay.
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