Las ganas eran recíprocas. Las del público londinense, porque el año pasado se quedó con la miel en los labios al no poder saborear el tenis del ídolo que, con permiso de Andy Murray, sedujo desde hace tiempo a la metrópoli inglesa, a sus pies siempre, predispuesta siempre al deleite que supone ver en acción al genio de los 36 años; y las de él, Roger Federer, también muy lógicas, pues no hay ningún jugador tan laureado en el torneo que pone el broche a la temporada, la Copa de Maestros. Seis títulos tiene el suizo en el bolsillo y seis cursos lleva sin probar otro bocado, de modo que esta edición mira con deseo al trofeo que se entregará dentro de una semana en el O2 de Greenwich.
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