Irlanda forra sus partidos con el envoltorio de la emoción. Todo lo que sucede en ellos, y más si son en campo propio, remite a una puesta en escena vibrante en la que en bastantes ocasiones ni se añora el talento o el virtuosismo. La banda sonora del graderío, los prolegómenos con el himno del país, la canción del soldado coreada bajo el manto de una baila de gaitas fomentaron la excitación propia de las grandes noches. Les faltó el fútbol, el que tuvo, tampoco en sobradas dosis, Dinamarca para llegar a su quinto Mundial. Tras faltar en Brasil y perderse también la última Eurocopa, los daneses regresan tras un contundente triunfo en Dublín (1-5) y completan el cupo de 14 selecciones europeas en la gran cita de Rusia.
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