Hasta los rumores sobre su fichaje, cuando su nombre apareció junto al de tantos otros a lo largo del verano, fueron mal recibidos por una parte de los aficionados del Barcelona. No entendían como un jugador que había decidido emigrar a China, una liga menor en la que varan últimamente todos aquellos que ya han dado por concluida su trayectoria en el fútbol de competición, podía ser el remedio para un centro del campo necesitado de una recomposición. Paulinho, uno de esos jugadores similares a los que Brasil fabricó durante décadas siguiendo el patrón de los Duda o Mauro Silva, y que no había triunfado -más bien todo lo contrario-, en el Tottenham inglés, no parecía encajar con la filosofía de toque y defensa posicional que el Barcelona trataba de rescatar. Su llegada no parecía solucionar la descomposición de un centro del campo influenciado por la presencia de un tridente que además debía renovarse. Pero a pesar de esa aparente oposición social, el Barcelona decidió apostar por él -40 millones de euros por un futbolista de 29 años bien vale un envite- y el jugador ha empezado a responder.
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