Al principio, cuando son nuevas, las cosas mandan sobre las personas, que gozan con ese sometimiento. No importa qué cosas, todas las cosas nuevas en general: un estadio de fútbol, una libreta, un coche, unos zapatos, una sartén, un lápiz negro y amarillo. Pasan semanas, incluso meses, hasta que la vida se invierte y las cosas se acomodan a nosotros. Por eso entramos al Metropolitano con las bocas abiertas, ejerciendo una admiración tranquila, lenta, casi miedosa, por cada detalle. Se susurraron muchos “oh” y “guau” sin dejar de mirar dónde se ponían los pies, para no romper o manchar nada. Sin darnos cuenta construimos un barullo ordenado, demasiado cívico. Hubo un minuto en que mis amigos y yo nos miramos y nos vimos repantingados sobre las butacas, comodísimas. Acostumbrados a viejas penurias, de pronto nos sentimos en la cúspide de una extraña burguesía.
source Portada de Deportes | EL PAÍS http://ift.tt/2h95vP5
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire