Salió el sol en Londres y una imitación de primavera llevó al Estadio más chillón consuelo para los afligidos, esperanza para su dolor. Con la alegría de dos de sus puntales, el atletismo español alicaído recuperó la autoestima. Ruth Beitia padeció como una principiante una calificación que superó por los pelos y acabó dando saltos de gozo y felicidad. “Estoy en la final, estoy en la final”, gritó la campeona olímpica a quien quisiera y a quien no quisiera escucharla. Era una noticia necesaria, precedida de dos tropezones y un ufff gigantesco de alivio. Si la vida atlética de Beitia es un camino de emociones, la de Adel Mechaal, aún corta, marcha por una ruta similar, pero más sentimental, menos cursi. La de Mechaal, que cerró su año de dudas y sospechas con una clasificación controlada para semifinales de los 1.500m. “Después de que el TAS decidiera que yo no había roto las normas antidopaje, tardé cuatro días en decidirme a volver a entrenar porque me temblaban las piernas”, dice. “Había pasado meses sin ver a mis padres y a mis hermanos, volví a verlo y volví a correr”.
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