Lean, lean con detenimiento lo que hace escaso tiempo se escribía en las más respetadas portadas deportivas de este país: “Bale es un cañón”. “Un rayo llamado Bale”. “Príncipe de goles”. “Aquí manda Bale”. Y, sobre todo, este titular, que es casi un incunable: “Hasta Bolt flipa con Bale”. Poco ha llovido desde que, día sí día también, se nos bombardeaba desde los medios de comunicación con elogios de este cariz dirigidos a Gareth Bale, ese futbolista malherido, obtuso, torpe y desdeñado que llegó al Madrid hace cuatro años a cambio de un dineral (101 millones), cantidad que hoy nos parece una bagatela comparada con la que se pide por jugadores que, déjenme que recuerde, sí, sin duda, han empatado un partido. Y no nos referimos a Neymar, por supuesto.
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