Una de las cosas que mejor hice en mi carrera futbolística fue ser suplente del Portonovo. Tan bien que llegué a serlo noventa minutos, sin que ningún entrenador se atreviese a sacarme debido a mi labor en el banquillo. Allí hacía lo que hago ahora en la Feria del Libro cuando la cola de mi compañero de caseta da la vuelta al Retiro y yo estoy solo: doy palmas y animo a los que firman. Llevo toda la vida haciéndolo —celebrar a los demás— así que es algo con lo que se convive perfectamente. Había una razón más por la cual me convertía en un magnífico suplente: no sabía jugar al fútbol. Por tanto me quería todo el mundo, desde el entrenador a los jugadores. No ponía en ningún aprieto a nadie. Me ponía la sudadera del equipo y nunca, en mis cuatro temporadas en activo, supo nadie que debajo no llevaba el uniforme sino una camiseta de Iron Maiden.
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