Son tremendas estas crisis que con frecuencia sufre el Madrid. Duran un partido, más o menos. Un empate, fracaso imperdonable en la megalómana acepción futbolística de algunos de sus aficionados, puede servir para que las cornetas del apocalipsis se escuchen, estruendosas, a orillas del Bernabéu. Y qué decir si lo que se produce es una derrota. Se abren entonces los cielos y de allí descienden, en tropel, los salvadores de la patria blanca, dispuestos a aplicar soluciones de choque, que van desde prescindir de Zidane (hay quien lo pide, palabra, desde la más absoluta sobriedad), a mandar al purgatorio a Keylor y sus santos, pasando siempre, y esto es innegociable, por el exterminio de la llamada BBC.
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