No consta en la memoria del valencianismo qué era de Peter Lim, multimillonario singapurense que hoy tiene al club entre su extensa cartera de inversiones globales, cuando Mario Alberto Kempes goleaba y goleaba para deleite del Luis Casanova. Tampoco hay pistas que entronquen al jeque catarí Al Thani con el glorioso Málaga de Deusto, Macías y Viberti. Lo mismo que nada de nada arraiga al empresario chino Jiang Lizhang con aquel Granada con botas de sierra de Fernández y la pericia Porta. Más que nunca, el fútbol asiste hoy a una inquietante alienación, su valor simbólico ha dado paso único al valor económico, con lo que ello supone para esta suerte de religión laica que subrayaba Manolo Vázquez Montalbán. Obnubilado por la voracidad de su propia elefantiasis ha dejado de ser, en buena medida, la gran reserva del paisanaje, la integración de un pueblo a partir del sentido de pertenencia a un equipo. Al hincha ya no se le trata como una referencia esencial, como una correa de transmisión empática, sino como mero consumidor de un espectáculo para mirar, ya sea en Singapur, Doha o Pekín. Fútbol de diseño, gominas y camerinos de marcas de ropa deportiva que priorizan el negocio sin importar la hora, el calendario o un vendaval gallego. El aficionado ha quedado reducido a un figurante en un parque temático que le supera. En muchos casos, ni siquiera le queda ya el consuelo de pagar su berrinche con una pañolada al alto mando, refugiado en sus palacios emires a miles de kilómetros.
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