Edgar, el suplente, el revulsivo, el abrelatas de Pellegrino, el galopante, salió, marcó, se lesionó y se marchó. No se pueden hacer más cosas en apenas 10 minutos. No se puede entrar en la historia con un tranco más largo, con mejor pie, con mayor acierto. Edgar Méndez marcó el gol que lleva al Alavés a la primera final de Copa de su historia ratificando la mejor puesta en escena, mayor ambición y voluntad de su equipo ante un Celta acoquinado, desconcertado y solo reconocible en algunas fases de la primera mitad Como en las novelas de misterio, nada era lo que parecía. Ni el Alavés quería tanto la pelota como simulaba en el inicio del partido, ni el Celta la despreciaba tanto como sugería la continuidad de sus pelotazos.
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